jueves, 17 de febrero de 2011

Cuerdas

Cuando Einstein enunció la teoría general de la relatividad, acabó con mas de doscientos años de ley de la gravitación que tantas manzanas le había costado a Newton.

Einstein, no sólo enunció una teoría matemática, sino que cambió la concepción del universo que hasta entonces se tenía.

Para ser más exactos, nos descubrió que el espacio (y el tiempo) no es inmutable, sino que se “curva” debido al efecto de la masa.
Por primera vez alguien se atrevía decir científicamente que las cosas NO son lo que parecen y NO se corresponden con lo que nuestra visión y nuestra experiencia básica cotidiana parecen mostrarnos.

Para que lo entendamos, Sergio, el pive de Tucumán, parece que juega mal. Pero no es real. La masa de su zurda, curva el espacio-tiempo y hace que su pelo “real” no se corresponda con nuestra visión newtoniana de la realidad.

Pero la teoría general de la relatividad únicamente llegó a explicar una parte de cómo el mundo funciona. Explicaba lo “grande” , cómo funcionan los planetas, las estrellas, las galaxias….

Un mundo pausado, estable y tranquilo. El Ático.

Si nos fijamos en lo “pequeño”, los átomos, los protones, los electrones, los quarks…. la relatividad, no sirve. Sus principios no pueden ser aplicados en ese mundo, y para ello existe la mecánica cuántica, que explica las otras tres fuerzas que mueven el universo, el electromagnetismo y las fuerzas nucleares fuerte y débil.

Es un mundo totalmente inestable en donde todo es indeterminado y movedizo. Las cloacas, la sima.

El espacio ya no es que se “curve” sino que es “accidentado”. Es un mundo sobre el que no tenemos experiencia, ni visión. No sólo no lo percibimos por lo diminuto que es, sino que además rompe nuestra idea de la realidad. Un electrón puede estar o no estar, o estar simultáneamente en dos sitios…, todo se mide por la probabilidad de que algo esté o no esté, suceda o no suceda.

Pura brujería.

Es un mundo donde May puede tener hoy 1.500 y mañana 1.300. Donde un día nuestro monarca pierde con Ce Cubo y otro día gana a Alfonso Lorenzo. Todo es inestable.

Einstein dedicó los últimos años de su vida a intentar buscar una teoría que lo explicara todo. No lo consiguió.

Desde entonces la física se embarcó por un lado en la búsqueda de esa teoría y por otro lado en la búsqueda de los componentes básicos de la materia a base de los famosos aceleradores de partículas, el último de los cuales parecía que nos iba a traer el fin del mundo, pero esa es otra historia.

A los protones y a los electrones que estudiamos en el colegio, le sucedieron los quarks, el bosón, el fermión, el leptón, el mesón, el neutrino… era como una carrera sin fin.
Yo tengo un fermión , ¿Cuántos leptones has encontrado tú?.
A más potencia de los aceleradores, más y más partículas subatómicas aparecen.

Hace unos años apareció una innovadora teoría. La teoría de cuerdas.
Según esta teoría, realmente no existen partículas. Si pudiéramos mirar con una lupa de inverosímil capacidad de aumento dentro de esas ya de por sí superhiperminipartículas que tan difícilmente se ha conseguido descubrir, veríamos que lo que hay son diminutas “cuerdas”.
Esas cuerdas vibran y en función de esa vibración se manifiestan como leptones o neutrinos o lo que sea.

Para imaginarlo, tendríamos que pensar en la cuerda de un violonchelo. En función de la partitura que se interprete, es decir, en función de cómo hiciéramos vibrar esa cuerda, podríamos escuchar a Bach, o a Casals o a Haendel.
Pero lo más asombroso de las complejas fórmulas matemáticas que soportan esa teoría es que también son capaces de explicar simultáneamente la atracción gravitatoria.
Por fin parecía que se daba con la teoría final. La teoría del todo. El Santo Grial. La cuadratura del círculo.

Sólo hay un problema. Es imposible de demostrar. No existe tecnología suficiente para comprobarla. Además y por si fuera poco necesita que en este mundo que nos rodea no sólo existan cuatro dimensiones, sino DIEZ ¡!!. Por no hablar de las posibilidades de universos paralelos que se abrían.

Ni la más fantástica ciencia-ficción había llegado nunca a tanto.

Es una teoría simple y refinada, de hecho también se la conoce como la teoría elegante. Un único componente para explicar todo un universo. En función de la energía contenida en la cuerda y la forma en que vibra, diferentes manifestaciones de la realidad. Todo es energía vibrando armoniosamente.

Cuando terminé de vislumbrar la teoría de cuerdas, o al menos su espíritu, un halo de inspiración mística me invadió.
Me sentía como Buda bajo el árbol Bo en el momento de alcanzar el nirvana.

Por fin lo comprendía todo. En el fondo todos éramos cuerdas vibrando.

Mi p-elo era el que era, porque yo no vibraba adecuadamente. Pero mi vibración se “manifestaba” como una partícula que era necesaria para que el universo paluso existiera tal y como es.

Y no solo eso ¡!! Había hasta diez dimensiones más!. Con un poco de suerte en algún universo paralelo yo era como Victor o como Jacobo. ¡!

Cuando estaba en pleno éxtasis, lleno de gozo y felicidad por el abanico de posibilidades que se abría ante mi, un contundente pensamiento cayó sobre mi.

Fernando Peláez era un Stradivarius interpretando la sinfonía nº 40 en sol menor de Mozart y yo era la vieja guitarra de mi hermana aporreando “Me gusta ser una zorra” de Las Vulpes.

jueves, 10 de febrero de 2011

El Partido

El universo paluso está poblado por personas y personajes de diferente procedencia, diferentes vidas y diferentes intereses.

Cuando todos nos dirigimos a nuestro correspondiente partido, cada uno tiene su propia idea de lo que puede alcanzar.
Unos buscan la gloria, un poco más de pelo, batir al imbatido…, otros persiguen olvidar por un tiempo estreses y preocupaciones, habrá quién sólo querrá disminuir su índice de masa corporal y muchos sólo ansían compartir momentos y sensaciones con otros amigos que también quieren compartir momentos y sensaciones.

A veces nos dirigimos hacia las pistas con aire apagado porque hemos tenido un duro fin de semana, o porque ese día algún compañero del trabajo o jefe nos ha hecho ver que en las oficinas hay lobos y buitres, o simplemente porque el día ha amanecido de un gris tan intenso que se mete en la piel.
Otras veces nos levantamos con el corazón henchido, disfrutando de esa canción que suena en la radio, que nos hace olvidar el atasco que nos rodea y sabiendo que los buitres sólo comen carroña y además les huele fatal el aliento.

Sea como fuere, lo importante no es cómo se llega a La Alameda o a Los Prunos, sino cómo salgamos del vestuario.

Del espíritu que llevemos cuando salimos del vestuario y de lo que persigamos alcanzar va depender tanto el resultado del partido como sobre todo lo que disfrutemos del mismo.

Este lunes aunque el día amaneció soleado, mi mañana no había sido precisamente pletórica. Además una reunión de última hora se había extendido hasta las 14:15. Llegué jadeando a La Alameda. El vestuario ya vacío. Sólo Félix remoloneaba entre las perchas, terminando de ordenar la ropa y resistiéndose a salir hacia su enésimo reto con su esperado resultado habitual. A toda velocidad me cambié y cuando estaba a punto de salir me paré. Esto no era una obligación, no era un proyecto que había que entregar, no era una evaluación de desempeño, ni un informe de resultados. No.
Me volví a desnudar. Pero esta vez, de preocupaciones, tensiones y malos rollos. Britt Daniel sonó en mi cabeza con su guitarra limpia y desgarrada, llena de fuerza.

En la pista 2 me esperaban ya algo desesperados, Jesús Ángel “El Muro”, como compañero y enfrente Manuel “Birra” Díaz Hurtado con Jesús Fernández.

Independientemente del pelo alcanzado, los tres eran y son mejores jugadores que yo. En especial, Manuel marcaba la diferencia. Por una extraña coincidencia de puntos, de ausencias y de algún reto, nos encontrábamos en la misma pista.
Aparte de pelo, no tenía mucho que perder, por lo que me dije, relájate, disfruta, entrégate, como diría nuestro monarca, “corre mucho” y sobre todo aprende de lo que veas.

Y así lo hice.


Sin dudarlo, puedo decir que ha sido el mejor partido que he disputado en toda mi historia palusa. Los puntos fueron largos, golpes espectaculares, lucha y emoción hasta el último momento y sobre todo buen rollo.

Gracias Manuel y Jesuses.

Gracias no solo por dejar deleitarme con los mates de Manuel, las boleas de Jesus F. o el espíritu de lucha del Muro sino por hacerme recordar, quizá sin quererlo, que como siempre, disfrutar depende de uno mismo.

Lo que no me esperaba era que el día iba a terminar de una manera inesperada.

PD: ¿qué apuesto y conocido paluso se le vio en los vestuarios pidiendo con voz trémula una “pomadita”?
 
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