El tiempo siempre es relativo.
A veces se estira como un chicle en la boca de un niño a la puerta de un colegio y a veces se contrae escapándose entre las manos como arena en la playa.
Es una cuestión de percepción.
Hay quien opina que esa percepción depende de la edad. Hay quien opina que según vamos perdiendo pelo y van apareciendo las canas los días pasan sin que podamos evitar tener la sensación de que realmente no han pasado.
Sin embargo, sin dejar de reconocer, que esa sensación es real, yo creo que la percepción del tiempo tiene más que ver con la intensidad con la que vivimos cada momento que vivimos y no de la edad que tenemos cuando lo vivimos.
Pero ¿por qué vivimos con más o menos intensidad?
Parece claro, que uno de los factores principales “anti” intensidad, es el que tiene que ver con la repetición, con la rutina.
Es cierto que recuerdo tardes eternas cuando era niño, tardes interminables haciendo…… nada. Una nada que era nueva en cada pequeña cosa que hacía,
en cada absurdo juego que inventábamos.
En el fondo ser niño es aventurarse día tras día por un mundo completamente nuevo lleno de princesas y de monstruos, de caballeros y dragones, un mundo en que no se sabe qué puede ocurrir después, simplemente porque nunca antes ha ocurrido. Un mundo en que el tiempo desaparece simplemente porque “no hay tiempo” para pensar en él.
Pero si alguna vez he tenido sensación de intensidad en el tiempo y de sentir que ese tiempo se alargaba sin fin es cuando he decidido tomar un nuevo rumbo, no seguir el camino predecible que estaba marcado, buscar lo que todavía no se veía.
Entonces, los días no existen, las horas desaparecen y solo existe esa millonésima de segundo que simplemente está ocurriendo.
Todo vuelve a ser nuevo, los dragones y las princesas vuelven a aparecer a cada vuelta de la esquina.
EL siguiente factor que nos hacer vivir intensamente y olvidarnos del tiempo, tiene que ver con la elección (otra vez la elección) de la gente con la que compartimos “el tiempo”. ¿alguien recuerda alguna de esas tardes interminables de cuando era niño sin asociarlos a esos amigos por los que hubieras dado la vida y de los que ya recuerdas vagamente sus nombres?
Es cierto que la edad hace mas difícil elegir.
Es cierto que la edad hace más difícil vivir lo que no se ha vivido antes.
Es cierto que la edad nos hace más difícil encontrar con quien compartir.
El famoso “know-how” o como decimos los de Chamberí “estar de vuelta” que la edad nos proporciona, nos hace saber reaccionar y qué hacer o como actuar en cada momento, pero simultáneamente hace que nuestro mundo se vuelva predecible, sin princesas ni dragones a la vuelta de la esquina.
Afortunadamente, los Lunes y los Viernes, al menos, eso no es así.
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2 comentarios:
No dejas de sorprenderme. Gratamente, eso si. Sin palabras. Me da que, el curso y la distancia te han puesto nostálgico. Laly
Ya sabes.... el Otoño está acercándose, y además siempre es bueno cambiar de "estilo" de vez en cuando........
Thanks sobretodo por leerme.
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